En fin, la familia

Las relaciones intrafamiliares tienen tanta importancia como complejidad. Aquella perspectiva que solíamos tener sobre nuestros padres cuando éramos pequeños, que ellos lo sabían todo, que eran unos heroes incomparables y seres humanos perfectos, se desvanece según vamos lentamente nuestra realidad pone progresivamente los pies en la tierra. En este proceso hay diferentes etapas que varían según cada situación e individuo pero estas pueden ser algunas: inconscientemente nos podemos sentir decepcionados ante este descubrimiento y de ahí surge un rencor cuyo origen nos parece inexplicable. También está la indiferencia que es esta etapa en la que al darnos cuenta que nuestros padres no saben todo, en realidad no saben nada y por ende sabemos mas que ellos. Por último una etapa común puede ser la negligencia, la cual conlleva a ignorar los hechos y querer seguir pensando que todas nuestras respuestas están en nuestros padres y que son ellos los que forman nuestro camino a seguir.

Estas etapas son algunas de las negativas, pero también surgen eventos como el darnos cuenta que nuestros padres son realmente seres humanos como nosotros y que también tienen sentimientos, días malos, estrés, y de cierta manera eso nos abre una puerta a ser mas conscientes sobre nuestro comportamiento y nuestra dinámica familiar. Nos damos cuenta que no solo nosotros aprendemos de ellos, sino también viceversa. Las relaciones entre padres e hijos pueden ser muy complicadas y a veces no hay entendimiento mutuo lo cual causa conflictos.

A pesar de la complejidad de estos conflictos, la familia nos hace sentir seguros en nuestros peores momentos y aunque nos cueste admitirlo, aprendemos de ellos en todo momento (tanto en los buenos como en los malos). El invertir en mantener una relación familiar amena no es con el simple fin de complacer a los miembros de esta sino también mantener el lazo natural que puede resultar en un sentimiento de acompañamiento y un alejamiento mas concreto de la soledad y sus repercusiones. Saber estar ahí para los demás suele resultar en tener gente en la cual contar, y la familia son una gran oportunidad para empezar a saber formar relaciones sanas y duraderas además de un amor incondicional.

En busca de lo inencontrable

Nuestras expectativas suelen basarse en ideas generalmente inalcanzables que surgen por lo que vemos (o a veces por lo que creemos ver en el caso de redes sociales), y estas nos llevan a querer alcanzar nuestros propósitos, metas y objetivos. Por mas que las expectativas son vitales para cumplir lo que nos proponemos, también es importante tener en mente que solo son eso: expectativas. Pensar que estas se cumplen al pie de la letra es como pensar que podemos predecir el destino. Hasta donde sabemos, eso es muy poco probable. Para crecer como persons tenemos que trabajar en lo que queremos primeramente identificando que es eso que queremos para después seguir, o mas bien crear un patrón que creamos que nos lleve a ese objetivo.

Podemos llegar a pensar que el hecho de estructurar nuestra cotidianidad es sinónimo que resultados harmónicos e invariables. Al contrario, yo pienso que esta estructura de vida nos ayuda a crecer como personas y por lo tanto podemos encontrarnos frente a eventos que nunca habíamos tenido que enfrentar. Eso es parte de crecer. Simplemente tenemos que esperar lo inesperado y justamente no hacernos la idea de un mundo ideal e inexistente donde el esfuerzo se desconoce.

Las expectativas son lo que nos anima a crecer, pero igualmente pueden resultar contraproducentes si nos perdemos dentro de ellas.

La espontaneidad: escapatoria de lo racional

Hace un verano me encontraba en una pequeña carretera de camino a Llanes, un pueblo asturiano, con una persona a la que admiro y aprecio al volante, y yo de copiloto. No estoy segura de lo que pasaba por mi cabeza en ese momento exacto, pero ahora lo recuerdo como un momento cálido del que me acordaré por mucho tiempo. Las vistas verdes, el olor a mar, el coche arenoso y las risas no faltaron. Minutos antes de llegar, pasamos por un puente. “ Decidí tomar este camino un poco mas largo para contarte una historia” dijo mi amiga. “Un día mi padre venía en este mismo coche con mi madre, y habían unos locales haciendo “puenting” desde ahí. Por alguna razón mi padre paró el coche y le dijo a mi madre que de ahí no se iba hasta saltar de ese puente. Mi madre le decía a gritos que estaba loco y que había perdido un tornillo, pero finalmente cedió. No solo eso, pero mi madre también lo hizo. De ese momento quedó una foto inolvidable y una gran anécdota. Así quiero vivir mi vida: quiero ver un puente y tener las agallas de dejar de pensar racionalmente y tirarme de él.” Cabe aclarar que desafortunadamente el padre de mi amiga falleció hace ya unos años, y es recordado por ese tipo de momentos. Un año después y esta historia me sigue a todas partes. Hace poco le pregunté a mi papá que cuál era un momento memorable que haya surgido de una decisión espontánea, y no me supo responder. Conociéndolo no es por falta de experiencias si no porque él mismo nunca se ha hecho esa pregunta, y no son momentos en los que piensa constantemente. Semanas después le pregunté lo mismo a mi madre y pasó lo mismo. Después de eso mi madre sorprendentemente sacó al tema esa pregunta y la estuvimos discutiendo entre todos en una comida familiar. Fue un momento agradable donde todos recordaban buenos momentos.

Cada vez me agrada más la filosofía de la espontaneidad. Dejar de pensar unos segundos y escuchar lo que tu persona realmente quiere hacer. No es una filosofía que hasta ahora yo aplico en mi día a día pero ciertamente está en mis intereses empezar a seguirla. En parte sé que no la sigo porque cuando yo me hice la pregunta a mi misma tampoco pude responder. Desconectar de lo racional aunque sea por unos momentos pone en perspectiva la realidad en sí, y eso me parece un evento precioso.

El arte de agradecer

Gracias. Dos sílabas que lo cambian todo. Por lo general es una palabra que aprendemos cuando nos enseñan modales. Decirle gracias a la gente cuando la situación lo indica y responder con expresiones simples y concisas como “de nada” o “cuando quieras”. Estas palabras y expresiones salen automáticamente ante cualquier situación que lo requiere.

Para mí, agradecer es en realidad mucho más que dos sílabas que repetimos por educación. Comprender cual es el fin de agradecer, puede cambiar la perspectiva de nuestros alrededores de una manera fascinante. Una persona no lleva a cabo un día laboral pesado e irritante de la misma manera si por la mañana al momento de levantarse, respira profundo y se dice a sí mismo: “Agradezco haber podido descansar y agradezco tener un trabajo por el cual levantarme todos los días”. Saber apreciar los diferentes aspectos de nuestros días hace que tengamos una razón, un motivo y una motivación por los cuales hacemos lo que hacemos y estamos donde estamos con quien estamos. Apreciar sentimientos, personas, a nosotros mismos y todo lo que nos rodea puede parecer una tarea simple. Pero de lo que me he dado cuenta, es que la mayoría del tiempo damos por hecho los eventos de nuestras vidas al igual que nuestros alrededores y no sabemos apreciar. Se nos olvida lo afortunados que podemos llegar a ser y por ende buscamos más en vez de disfrutar lo que ya tenemos.

Darle unos momentos al día a agradecer, sea lo que sea que creamos relevante, verdaderamente puede cambiar la forma en la que vemos las cosas.

El orden de las prioridades

Dividir nuestro tiempo según nuestras prioridades es ciertamente de las cosas mas efectivas para una vida productiva. Para eso, se tiene que empezar con descubrir y ordenar nuestras prioridades. Ese es un proceso largo y difícil que requiere inversión de tiempo y motivación.

Las prioridades pueden variar ampliamente dependiendo cada persona en base a sus intereses. Yo personalmente todavía no tengo las mías tan claras. Al menos todavía. Se que estoy progresando porque cuando salto a mis recuerdos de hace simplemente unos meses estaba en otra página muchísimo más cercana al principio de un capítulo que ha evolucionado a una velocidad que me produce orgullo.

Gracias a ciertas influencias en mi vida y a poder abrir las ojos hasta cierto punto, estoy dónde estoy. Lejos de la perfección, pero apreciando la jornada.

Constantemente inconstante

Lo que más validiez le da a los hábitos es la consistencia. Es lo que los vuelve actos casi inconscientes de nuestro día a día. Por más que todos sabemos esto, la constancia sigue siendo un aspecto que a la mayoría nos cuesta. Es interesante pensar que por más que tengamos interés en trabajar en nosotros haciendo cosas más sanas como hacer ejercicio, comer sano, organizar nuestros días a nuestro favor, suele ser muy complicado mantener una constancia cuando queremos empezar estos hábitos.

Para empezar tenemos que encontrar un cierto interés en buscar actividades productivas que sean beneficiarias a largo plazo. Esto puede surgir de un tipo de motivación o de inspiración del cual podemos tomar provecho y empezar. Por lo general suele ser cuestión de empezar. Pongamos el ejemplo de hacer ejercicio. Personalmente nunca me consideré una persona atlética en lo más mínimo, y por el hecho de no tener el título de atlética nunca me pasó por la cabeza intentar serlo. Durante mucho tiempo no hice ejercicio y me parecía normal. No entraba en mi rutina. Cuando empecé a reflexionar sobre cómo sacar una mejor versión de mí misma, decidí ignorar los títulos y simplemente empezar. Estaba muy nerviosa y hasta intimidada porque sentía que todos me iban a criticar por no estar en forma. La primera vez fue un poco difícil pero me di cuenta de una cosa: ciertamente a nadie le interesaba que no estuviera en mis mejores condiciones. Los adolescentes tendemos a pensar generalmente que todo lo que hacemos es juzgado y observado por los demás. En realidad esto es un pensamiento un tanto ridículo pero recurrente. Es importante darnos cuenta que no es verdad y que normalmente cada quien tiene sus propias preocupaciones como para encima fijarse en las de los demás con el fin de juzgar. Me hice una estructura de cuánto ejercicio quería hacer a la semana y poco a poco, fui cumpliendo mi meta. Hoy por hoy no siento que sea una obligación si no una oportunidad que tengo todos los días. Unas horas dedicadas a mí y a mi bienestar.

Pero por más que he progresado fuertemente, a veces sigue siendo difícil mantener una constancia duradera, y por eso sigo buscando maneras de trabajar en eso.

Por otra parte, si ahora veo hacia atrás y me fijo en mis hábitos anteriores puedo notar que he progresado. Eso ya es de cajón parte de la meta y del objetivo.

El golpe de la decepción

Cuando un adolescente hace algo que sabe que es del desagrado de sus padres, hay dos caminos posibles. El primero es esconder la información de los padres ya que de esta manera nadie estará enojado con nadie. Al menos eso es lo que a un joven le parece más coherente. El segundo camino es el más difícil pero es el único genuino. Decir la verdad. La reacción de los padres varía según la gravedad del acto, y hasta cierto punto según su personalidad. Unos lo toman con más calma que otros.

Por alguna razón las cosas más « graves » que he hecho, mis padres se han enterado, y no necesariamente porque yo les haya contado. Por lo general ha tenido que ver con alcohol. Ya había tenido un par de episodios desagradables y mi madre lo tuvo que presenciar todo. Ciertamente no eran cosas que me pasaban abundantemente, pero como les pasa a muchos adolescentes, en un par de ocasiones donde me gana la fiesta mi cuerpo cede.

Yo no se si sea buena suerte o mala suerte que mis padres se hayan enterado. Por una parte no les tengo que mentir ni les tengo que esconder nada. Pero por otra parte, no solo me tocan los sermones. Me toca la peor parte: la mirada de decepción. Es una mirada que creo que todos los adolescentes han recibido alguna vez. Es una mirada penetrante que duele más que cualquier palabra. Al recibir esa mirada sabes que en parte una fracción de la confianza que has establecido con el tiempo se fractura y restablecerla toma tiempo y mucho esfuerzo.

Es increíble pensar que solo toma una mirada. Una mirada de decepción para que todo se nuble y se vuelva borroso. Para cuestionarnos a nosotros mismos. Por lo general aunque no lo parezca, la aprobación de nuestros padres es de las casos más valiosas y qué más aprecia un adolescente.

Me refiero a un simple ejemplo de muchos que se experimentan al momento de decepcionar a alguien. Para mí, considerando que soy una adolescente, la decepción más dolorosa es la de mis padres. Es importante tener en mente que por más que decepcionar a alguien rompe el corazón en mil pedazos, no es algo irrecuperable e indefinido. Requiere tiempo y trabajo en la relación, al igual que enmendar nuestros actos.

En busca de la felicidad

Hay una diferencia significante entre ser feliz y sentirse feliz. Una persona que está en depresión por lo general puede perfectamente sentirse feliz parcialmente en algún momento. Por lo contrario, en esa etapa de su vida no es feliz. Es común pensar que una persona feliz es caracterizada por estar feliz constantemente sin excepciones y que sus problemas y preocupaciones son mínimos. Para mí es más complicado que eso. Yo me considero una persona feliz, en esta etapa de mi vida, y eso no quita el hecho de que tengo días dónde no tengo ganas de sonreír, de socializar ni de seguir adelante. La búsqueda de la felicidad varía según la definición de cada persona. Los valores que conlleva, la importancia y el significado que tiene en la vida de cada uno. Me parece que el primer paso es darle importancia a ser feliz. Dudo que se pueda llegar a una felicidad absoluta y constante, lo cual me parece bueno ya que entonces la felicidad en sí perdería su valor, no se apreciaría. Darle prioridad a este estado es darte prioridad a ti mismo, a tu salud tanto física como mental, a tratar de conocerte mejor y de tener tus prioridades claras. 

Todo esto empieza con la estructura de nuestro día a día. Mejores hábitos pueden llevar a una estabilidad emocional más importante de lo que pensamos. Por supuesto no es el único factor para la felicidad, pero ciertamente es uno muy importante. Todos estamos expuestos a tomar decisiones que cambian e rumbo de nuestro día a día. “¿Me levanto con la primera alarma para tener más tiempo para mí, o me regalo cinco minutos más de sueño?”, “¿Veo el último capítulo de la serie que estoy viendo,  o adelanto mi tarea?”, “Voy a pasar un rato con mi familia, o me quedo viendo videos de Youtube?”. Estas preguntas aplican específicamente para mí, lo que significa que están dirigidas hacía una audiencia más adolescente, pero los adultos estas expuestos a estas situaciones igual de frecuentemente que los adolescentes. Es más, es un fenómeno que no tiene edad. No hay decisión “correcta” ante estas decisiones, simplemente resultados diferentes. Tenemos que pensar en qué resultado nos interesa más, y cuál será más útil a largo plazo. Todo esto tiene como objetivo aumentar la productividad de un individuo para tener una cierta estructura de vida. De ahí pones en juego tus prioridades, y una vez que reflexionas sobre estas y trabajas para optimizarlas, por regla general los resultados de tu día a día son más satisfactorios y entonces tú te sientes mejor y hasta más feliz.

Algo que tengo muy presente y que he tenido la oportunidad de aprender es que por más que sintamos que estamos haciendo todo bien, a veces no nos sentimos felices, pero eso está bien, y no significa que no seamos felices. Es en esos momentos donde podemos realmente apreciar y agradecer los momentos en los que sí estamos felices, y agradecernos a nosotros mismos por hacer el esfuerzo de buscar la felicidad.

La importancia de tener una mente abierta

A veces me gusta darles vueltas a las páginas de la libreta donde escribo lo que siento día a día en base a mis experiencias, y me gusta leer alguna página aleatoria para ver y comparar, o simplemente para recordar momentos y sentimientos pasados. La última vez que hice eso, me encontré con una página que decía: « Siento que mucha gente está tan cegada por su propio ego y orgullo que no dimensionan lo que es asimilar el error. Esto no significa que piense que sea culpa de la gente, me parece algo más bien inconsciente ».

Cada vez estoy más de acuerdo con esto. Muchas veces los jóvenes tendemos a pensar que somos unos incomprendidos por la sociedad. Dónde más nos pesa es en nuestra propia casa. Qué adolescente no ha pensando en algún momento: « No entiendo porqué mis papás no pueden tener una mente más abierta, no entienden nada porque no quieren »? Este tipo de pensamiento conlleva tanto verdades como falsedades. Lo peor de sentirse como un adolescente incomprendido, es que nos lo digan. Eso es algo que saca a cualquiera de sus casillas. Lo curioso es que nuestros padres han pasado por eso, al igual que los padres de nuestros padres. Es decir, progresivamente, las mentalidades generacionales evolucionan y sobretodo se revolucionan ante anteriores. Esto ha sido fundamental para crecer como sociedad. Honestamente agradezco esto ya que no me hubiera gustado vivir en la época de mi bisabuelo donde ni siquiera hubiera tenido el derecho de votar.

A lo que voy es que a la escala de generaciones anteriores, los jóvenes siempre vamos a ser unos revoltosos sin opiniones fijas y que todo lo que pensamos que no es de su agrado, « es solo una fase ». Y por otro lado, para nosotros, nos parece que nuestros padres son unos anticuados incapaces de comprendernos. Algo que me parece bueno es que con los años, de generación en generación, por lo menos en la sociedad y el entorno en el que vivo, la mentalidad ha evolucionado a ser más abierta. Eso es una cualidad y una capacidad que todos deberíamos aspirar. Siempre es importante tener nuestras propias opiniones, pero es igual de importante escuchar las de los demás, por el simple hecho de que por más que lo que pensemos nos parezca la verdad absoluta, no significa forzosamente que lo sea.

Justamente el otro día estaba discutiendo con mi papá sobre la importancia de la literatura con mi papá. Cómo gracias a esta hemos tenido la oportunidad de escuchar la historia a través de testigos. Tanto de guerras, como de innovaciones tecnológicas, y tantísimas cosas más. Le compartí a mi papá lo que pensaba sobre tratar de escuchar las más versiones posibles, y me dijo « Al final del día, la historia es lo que es y está basada en hechos ». Esto me parece cierto hasta cierto punto. La mejor manera de entender y hasta revivir la historia es para mi, buscando las más versiones posibles.

De ahí la importancia de tener una mente abierta.

El poder del deseo

Esta última semana me he dado cuenta de un par de cosas. Para empezar, mi cabeza esta en el lugar correcto y me propuse dejar de fumar y ponerme a dieta. Dejar de fumar fue ciertamente con fines de anticipar cualquier problema y eliminar el daño que le estaba haciendo a mis pulmones. La dieta por otra parte fue más bien con el fin de poner a prueba mi fuerza de voluntad. Esto se debe a que me di cuenta de que me cuesta mucho resistirme a cosas que me podría evitar, como lo es la comida chatarra. Por lo general no tengo tanto problema en el sentido que yo no suelo comprar comida chatarra constantemente, pero sí me la pones delante, pierdo mi fuerza de voluntad y cedo a un placer temporal y nocivo par el largo plazo. Hasta ahora llevo solo una semana y media pero estoy my orgullosa de mi constancia y dedicación. Encima, aunque mi propósito no era específicamente ver resultados sobre mi cuerpo, en este corto plazo de tiempo he notado que mi resistencia física ha mejorado (evidentemente por haber dejado de fumar), y ya no tengo mareos ni dolores de cabeza que me provocaba fumar. 

Todo esto no significa que yo sea un modelo a seguir ni mucho menos. Al contrario, hay muchas cosas en las que a mí me gustaría trabajar y de las cuales me inspiro de otras personas. El objetivo no debería de ser buscar la perfección, sino más bien una versión mejorada y constante de nosotros mismos. Yo nunca fui verdaderamente adicta a fumar. Soy demasiado joven para eso y nunca fumé en cantidades exageradas. Entonces, ¿porqué fue tan difícil dejarlo? Algunos pueden pensar que es por miedo a “no encajar”. Por más que puede que esto sea un factor, una fracción de la razón, es mucho más que eso. Es curioso, pero el deseo de hacer algo es siempre más fuerte que el placer que resulta de hacer tal cosa. Cuando una persona fuma, el pensamiento de tener un cigarro en mano es mucho más fuerte que cuando en realidad lo tiene. Es decir, el deseo de placer es mucho más fuerte que el placer en sí. El fumador desea con ansia una calada de cigarro para relajarse cuando tiene un cigarro apagado delante suyo, o cuando se siente estresado. Pero en realidad, esa tranquilidad no es ni cerca de la esperada. Aún así, por alguna razón el fumador cumple su deseo parcial y siente satisfacción. Esto por regla general aplica con muchas otras cosas. Por ejemplo, cuando a una persona tiene antojo de un pastel, se lo imagina explícitamente hasta tener la sensación de saborearlo. Pero por más que esta persona pueda verdaderamente disfrutar un pedazo de pastel, el placer y satisfacción nunca llegará al punto hyperbólico al que lo pone la mente.