Cuando un adolescente hace algo que sabe que es del desagrado de sus padres, hay dos caminos posibles. El primero es esconder la información de los padres ya que de esta manera nadie estará enojado con nadie. Al menos eso es lo que a un joven le parece más coherente. El segundo camino es el más difícil pero es el único genuino. Decir la verdad. La reacción de los padres varía según la gravedad del acto, y hasta cierto punto según su personalidad. Unos lo toman con más calma que otros.
Por alguna razón las cosas más « graves » que he hecho, mis padres se han enterado, y no necesariamente porque yo les haya contado. Por lo general ha tenido que ver con alcohol. Ya había tenido un par de episodios desagradables y mi madre lo tuvo que presenciar todo. Ciertamente no eran cosas que me pasaban abundantemente, pero como les pasa a muchos adolescentes, en un par de ocasiones donde me gana la fiesta mi cuerpo cede.
Yo no se si sea buena suerte o mala suerte que mis padres se hayan enterado. Por una parte no les tengo que mentir ni les tengo que esconder nada. Pero por otra parte, no solo me tocan los sermones. Me toca la peor parte: la mirada de decepción. Es una mirada que creo que todos los adolescentes han recibido alguna vez. Es una mirada penetrante que duele más que cualquier palabra. Al recibir esa mirada sabes que en parte una fracción de la confianza que has establecido con el tiempo se fractura y restablecerla toma tiempo y mucho esfuerzo.
Es increíble pensar que solo toma una mirada. Una mirada de decepción para que todo se nuble y se vuelva borroso. Para cuestionarnos a nosotros mismos. Por lo general aunque no lo parezca, la aprobación de nuestros padres es de las casos más valiosas y qué más aprecia un adolescente.
Me refiero a un simple ejemplo de muchos que se experimentan al momento de decepcionar a alguien. Para mí, considerando que soy una adolescente, la decepción más dolorosa es la de mis padres. Es importante tener en mente que por más que decepcionar a alguien rompe el corazón en mil pedazos, no es algo irrecuperable e indefinido. Requiere tiempo y trabajo en la relación, al igual que enmendar nuestros actos.