Esta última semana me he dado cuenta de un par de cosas. Para empezar, mi cabeza esta en el lugar correcto y me propuse dejar de fumar y ponerme a dieta. Dejar de fumar fue ciertamente con fines de anticipar cualquier problema y eliminar el daño que le estaba haciendo a mis pulmones. La dieta por otra parte fue más bien con el fin de poner a prueba mi fuerza de voluntad. Esto se debe a que me di cuenta de que me cuesta mucho resistirme a cosas que me podría evitar, como lo es la comida chatarra. Por lo general no tengo tanto problema en el sentido que yo no suelo comprar comida chatarra constantemente, pero sí me la pones delante, pierdo mi fuerza de voluntad y cedo a un placer temporal y nocivo par el largo plazo. Hasta ahora llevo solo una semana y media pero estoy my orgullosa de mi constancia y dedicación. Encima, aunque mi propósito no era específicamente ver resultados sobre mi cuerpo, en este corto plazo de tiempo he notado que mi resistencia física ha mejorado (evidentemente por haber dejado de fumar), y ya no tengo mareos ni dolores de cabeza que me provocaba fumar.
Todo esto no significa que yo sea un modelo a seguir ni mucho menos. Al contrario, hay muchas cosas en las que a mí me gustaría trabajar y de las cuales me inspiro de otras personas. El objetivo no debería de ser buscar la perfección, sino más bien una versión mejorada y constante de nosotros mismos. Yo nunca fui verdaderamente adicta a fumar. Soy demasiado joven para eso y nunca fumé en cantidades exageradas. Entonces, ¿porqué fue tan difícil dejarlo? Algunos pueden pensar que es por miedo a “no encajar”. Por más que puede que esto sea un factor, una fracción de la razón, es mucho más que eso. Es curioso, pero el deseo de hacer algo es siempre más fuerte que el placer que resulta de hacer tal cosa. Cuando una persona fuma, el pensamiento de tener un cigarro en mano es mucho más fuerte que cuando en realidad lo tiene. Es decir, el deseo de placer es mucho más fuerte que el placer en sí. El fumador desea con ansia una calada de cigarro para relajarse cuando tiene un cigarro apagado delante suyo, o cuando se siente estresado. Pero en realidad, esa tranquilidad no es ni cerca de la esperada. Aún así, por alguna razón el fumador cumple su deseo parcial y siente satisfacción. Esto por regla general aplica con muchas otras cosas. Por ejemplo, cuando a una persona tiene antojo de un pastel, se lo imagina explícitamente hasta tener la sensación de saborearlo. Pero por más que esta persona pueda verdaderamente disfrutar un pedazo de pastel, el placer y satisfacción nunca llegará al punto hyperbólico al que lo pone la mente.